No es casual

   CC BY-NC 2.0 Andreas Hopf

CC BY-NC 2.0 Andreas Hopf

Creo que el hecho de que a mis casi cuarenta y un eneros haya decidido hacer un paréntesis en mi trabajo para asomar la cabeza en el mundo de la educación no es algo casual. Yo, que soy ingeniero por titulación, técnico de profesión, aeronauta frustrado, ateo por convicción, que me resisto a creer en cuestiones esotéricas, en quien se ha hecho carne el discurso racionalista tras años de práctica diaria, quien jamás ha experimentado (conscientemente) un minuto de meditación...yo, creo que no es un suceso casual. Pero veamos, aunque sólo sea para tratar de explicármelo a mi mismo qué y quién me han conducido a creer que no es un hecho casual.

En primer lugar, el hecho “causal” primigenio, sin el que nada de esto hubiera sucedido. Sí, se trata de algo singular, sin duda, pero es algo que le acontece a muchísima gente, a diario, y no por ello intentan dar un giro a sus vidas. Al menos no de esta manera. Nace nuestra hija, primera y única hasta la fecha. Pero esto no es suficiente como para servir de explicación.

En segundo lugar, junto a Diana descubro un mundo nuevo en relación a la crianza. Las cosas no tienen por qué ser como se nos ha repetido hasta la saciedad, tanto en discursos explícitos como implícitos, desde la tradición o desde el mundo del consumo. Al menos eso nos parece a juzgar por nuestra propia experiencia. Es posible criar hijos felices (incluso muy felices) sin hospitales, sin cunas, sin chupetes, sin carritos, sin leche de fórmula ni biberones, sin pañales desechables, sin caros juguetes, sin ropa a medida, sin todo tipo de accesorios, prácticas o interminables recomendaciones que parecen ser necesarias a la hora de tener un hijo. Pero todo eso lo hace mucha más gente, eso no es suficiente como para servir de explicación.

En tercer lugar, durante los últimos años han venido convergiendo en el tiempo y en el espacio una serie de hechos políticos, sociales y tecnológicos que me han llamado especialmente la atención. Las nuevas tecnologías se han imbricado en nuestro tejido social y personal hasta el punto de que nos es inconcebible retornar a un mundo en el que no existiesen. Nuestras identidades se desdoblan a golpe de clic y participan en un interesante juego público de espejos, dispersándose como semillas en el viento que repartirán nuestro ADN en tierras que a día de hoy ni siquiera intuimos. Directamente relacionado con lo anterior, se producen movimientos a escala “glocal” tales como las protestas del 15M en España, el movimiento Occupy en Estados Unidos o la primavera árabe, entre otros muchos, y en los que la ciudadanía se auto-organiza en un ejemplo de imaginación colectiva para tratar de reescribir, en los márgenes de un libro que no han elegido, cuál será el nuevo relato común. Por último, como estructura que sostiene todo lo anterior, un sistema político y económico en el que las personas se confunden con mercancía, la oligarquía se disfraza de democracia y la libertad se reduce a un ejercicio mínimo de elección entre las opciones dadas. Pero Facebook y Twitter lo utilizan muchas personas, muchas de las que también acuden a manifestaciones o firman manifiestos y, además, las corrientes políticas que nos arrastran surgen de montañas muy lejanas. Esto no es suficiente como para servir de explicación.

En cuarto lugar me hago consciente, no sé si demasiado tarde, de la revolución silenciosa que se viene produciendo en torno a la cultura libre. Un movimiento que se inicia con el manifiesto hacker, hace casi 30 años y que se replica en múltiples formas derivadas a lo largo del tiempo. La revolución del conocimiento compartido, de la autoría colaborativa, del consumer metamorfoseado en prosumerUna revolución que está subiendo de nivel freático y amenaza con brotar por todos los suelos que pisamos. No en vano el mundo de la red está empezando a verse sometido a un cada vez mayor número de corsés que tratan inútilmente de contener un fluido para el que no hay recipiente. El poder, con razón, tiene miedo de esta dinámica, porque puede calar hasta sus mismísimos pilares. Pero esto no es suficiente como para servir de explicación.

En quinto lugar, mucha gente a mi alrededor está en crisis. Crisis de todo tipo, crisis graves, crisis fugaces, algunas constructivas, otras destructivas. Momentos de cambio, de readaptación. Familias que se forman, que se destruyen. Evolución y revolución constante. Búsqueda de sí mismos, cambios de vida o, al menos, sueños de cambio. ¿Acaso a mí no me iba a pasar? Pero, claro, esto no es suficiente como para servir de explicación.

En sexto lugar, la educación, que se enreda en todo lo anterior, que sirve de hilo conductor, de soporte y referencia, que edifica nuestra personalidad desde que inhalamos la primera bocanada de aire. La educación como pilar fundamental para describir, entender, explicar y transformar todo lo anterior. Pero esto lo sabe mucha gente desde hace mucho más tiempo que yo, y no es suficiente como para servir de explicación.

De hecho, a estas alturas no soy capaz de encontrar la explicación. Lo que sí puedo decir es que creo que no es casual, no porque todo suceda a la vez, sino porque el hecho de que haya sucedido a la vez (que sí podría ser casual) me ha golpeado como un mazazo en la cabeza. Es una suma de factores que da un resultado de un orden superior. Un nuevo paradigma que no sé si es personal o colectivo, pero que desde luego es una ocasión singular. Es un alineamiento de varias lunas en el cielo, un atractivo crisol de oportunidades, un canto de sirena en medio de un océano por el que navegaba con el timón calado y que me ha hecho imaginarme explorando otros mares sin rumbo fijo. Un canto demasiado bello como para ignorarlo.