Aprender con todos los sentidos: las escuelas bosque

Era un árbol viejo, probablemente el único superviviente del jardín que habría antes de que se construyera el colegio. Un árbol de tronco anudado, con ramas que en primavera se poblaban de hojas de un verde transparente. Mi amiga Lorena y yo jugábamos muchas veces sentadas sobre sus raíces, entre sus chupones. Imaginábamos historias y, a su lado, nos refugiábamos de la furia del recreo. Un día, un niño trepó al árbol. Debió de perder el equilibrio y se rompió un brazo o una pierna al caer. La decisión de la dirección del colegio fue taxativa: había que talar el árbol.

Y lo talaron. Mientras escribo, de algún lado ha brotado una imagen nítida: la de un tronco grueso, fuerte, convertido en muñón. Mudo. Lorena y yo no nos resignamos a lamentarnos y escribimos una carta explicando, tan bien como podíamos a nuestros nueve años, por qué había sido una injusticia cortar el árbol. Pero ya era tarde. Fin de la historia.

Tengo un nudo en la garganta. Para una niña de ciudad como yo, que vivía en un piso y que salía al campo una vez al año (con suerte), ese árbol era el único vínculo cotidiano y duradero con la naturaleza, era mi única posibilidad de sentir que ese ser gigantesco y yo podíamos comunicarnos, que teníamos algo en común y formábamos parte de un mundo compartido, en la realidad y en mi imaginación. Esa niña quiso borrar de su memoria la muerte del árbol, pero desde entonces todos los caminos que ha dibujado regresan a él.

Cuando en 2014, con mi hija y mi pareja, emprendimos un viaje en bici recorriendo espacios educativos diferentes, los primeros que visitamos fueron los “waldkindergartens” (literalmente, jardines de infancia en el bosque), sobre los que escribí en este post. Escuelas donde los niños pasan cada día al aire libre, en un bosque o en una pradera, y desarrollan habilidades físicas y emocionales que además impulsan su desarrollo cognitivo. Fue allí donde descubrí la felicidad en estado puro de un niño que puede jugar, correr y sumergirse en un espacio abierto repleto de elementos naturales cambiantes y sorprendentes: árboles, agua, piedras, flores, barro, hojas, insectos, viento, nieve, lluvia…

La experiencia nos fascinó a los tres, y de vuelta a nuestro país quisimos ir al encuentro de dos proyectos educativos en la naturaleza que, aunque recientes y pioneros en el estado español1, tienen una fundamentación sólida y una visión muy clara de los beneficios de este tipo de aprendizaje para los niños y niñas: el Grupo de juego en la naturaleza El Saltamontes, en la sierra de Madrid, y L’escola del bosc, en la provincia de Barcelona. Te invito a que vengas conmigo a conocerlos.

Está demostrado que existe un vínculo natural entre los niños y la naturaleza, que se traduce en un interés genuino por lo vivo y un sentimiento innato de empatía por los seres vivos, que se ha venido a denominar “biofilia”.
— Katia Hueso y Emma Camina
 La Sierra de Guadarrama, hábitat del Grupo de juego en la naturaleza El Saltamontes.

La Sierra de Guadarrama, hábitat del Grupo de juego en la naturaleza El Saltamontes.

Saltamontes (como lo llaman cariñosamente Katia y Emma, las dos mamás comprometidas que lo fundaron) no es solamente un proyecto educativo para niñas y niños de 3 a 6 años. Porque, si es crucial devolver a la infancia esa conexión con el espacio natural y con el juego libre, lo es tanto o más educar a nuestra sociedad en todo lo que respecta a esas necesidades infantiles (que en realidad son también necesidades adultas). Con esa visión, Katia y Emma han escrito artículos muy interesantes en los que detallan los beneficios físicos, psíquicos y actitudinales del contacto con la naturaleza en la infancia:2

 

  • potencia la iniciativa y la autonomía de los niños;
  • estimula su imaginación y su creatividad;
  • mejora la concentración;
  • aumenta la cooperación y la solidaridad;
  • reduce los conflictos (especialmente si no hay juguetes prediseñados sino que se emplean materiales naturales);
  • los niños adquieren mayor confianza en sí mismos al aprender a manejar situaciones de riesgo;
  • mejora su psicomotricidad;
  • a la par, se favorece su desarrollo cognitivo;
  • aumenta su resistencia a enfermedades al fortalecerse el sistema inmune;
  • se desarrolla un sentimiento duradero de conexión con naturaleza;
  • se reducen la obesidad y las enfermedades respiratorias;
  • se previene el "síndrome por déficit de naturaleza”
  • y los niños descubren algo cada vez más escaso: la sensación de libertad.
 

Hace dos años tuvimos la ocasión de conocer a las familias del Saltamontes durante una excursión a la nieve, y de entrevistar a Katia para el documental Corriendo por las olas, pero nos habíamos quedado con ganas de ver cómo era su día a día en la montaña. Al fin, esta primavera lo logramos y nos plantamos con la cámara en Collado Mediano, desde donde el grupo sale cada mañana.

 Un niño se esconde entre los matorrales.

Acompañar a los niños del Saltamontes en una de sus salidas en la sierra madrileña te permite asomarte, como por una rendija, a la forma en que un niño o niña capta la naturaleza. Ya solo por una cuestión de estatura, los adultos no solemos fijarnos en lo diminuto ni en lo que ocurre por debajo de nuestra línea de visión: una hilera de hormigas que van y vienen, una mariquita posada sobre una hoja… Cuando un niño se para, y ves cómo se queda absorto contemplando esos pequeños milagros, tienes que dejar de lado las prisas para detenerte con él, aprender de sus preguntas, y percatarte de la magia que hay en las alas finísimas de una abeja o en el polen amarillo intenso de las jaras. Cuántas veces salimos al campo con nuestros hijos e hijas y solo sabemos imponerles un ritmo marcial de caminata, y menospreciamos su curiosidad y su asombro. Pero el aprendizaje no está en llegar al destino, sino en el viaje mismo.

... la ausencia de muros y los espacios abiertos en la naturaleza nos ofrece un
sentimiento de libertad que no solemos experimentar en nuestra vida cotidiana. Es una libertad tanto física como psíquica, que nos permite dejar fluir el pensamiento e incentiva nuestra creatividad.
— Katia Hueso y Emma Camina

Tampoco aprendemos siguiendo un camino recto. Como diría el Principito, “derecho, siempre adelante de uno, no se puede ir muy lejos…”. Pero esto, a un niño o niña, no hace falta recordárselo: al poco de empezar a caminar, dos niñas deciden salir del sendero y trepar por las rocas de caliza. Cada día aquí es diferente, y es así en gran medida porque los niños y niñas pueden decidir qué quieren hacer y cómo hacerlo. Las acompañantes organizan una ruta y vigilan los tiempos, pero a cada instante a los niños se les ofrecen infinitas posibilidades de interactuar con el entorno y con sus compañeros. Y hoy sabemos que esa autonomía tiene una relación directa con la motivación y con el aprendizaje, como han planteado distintos investigadores.3

Laura, Rebeca y Emma, las acompañantes, suben en sus mochilas todo lo que necesitan para pasar la jornada. Cada niño, además, lleva su propia mochila con el almuerzo que toman en un claro del monte, en plena sierra de Guadarrama. No necesitan llevar muchos juguetes, porque en la naturaleza todo puede servir para jugar: las fuentes de inspiración son inagotables y la creatividad de los niños vuela sin barreras. Tan solo llevan papeles y lápices, unas cuerdas para un columpio improvisado, pequeñas herramientas de jardinería, y unas telas de colores para hacer casi cualquier cosa.

Cuando les permitimos explorar por sí mismos, los niños aprenden a conocer sus propios límites y actúan de forma mucho más cauta y responsable. Su autoestima crece.

Delante de mí, un niño tropieza y se hace daño. Pero en vez de caerle encima un reproche o una crítica, lo que encuentra son palabras de consuelo y un abrazo. Caminamos durante veinte minutos más o menos, a un ritmo muy pausado. Durante el recorrido, las acompañantes no le ofrecen ayuda a los niños a no ser que los niños la pidan, e incluso entonces se valora si lo que el niño o niña realmente necesita es ayuda o solo una dosis de empoderamiento verbal (“¡tú puedes!”). En una sociedad paternalista que infravalora las capacidades de los niños y niñas, y que les inocula constantemente ese sentimiento de inferioridad y de temor, esto quizás pueda parecer una falta de cuidado o incluso una irresponsabilidad. En realidad es al contrario. Las personas que acompañan a los niños y niñas desde la confianza saben que, cuando les permitimos explorar por sí mismos, los niños aprenden a conocer sus propios límites y actúan de forma mucho más cauta y responsable. Su autoestima crece. Y suben a cotas cada vez mayores de competencia y capacidad. En medio de la montaña (que es al fin y al cabo un terreno nuevo y hasta cierto punto peligroso) hay que prestar atención a cada instante para evitar una caída. Y los niños acostumbrados a salir al campo, de forma instintiva, lo saben.

 Dos niñas jugando a las casitas con telas de colores.

Justo antes de llegar al lugar donde vamos a almorzar, los niños empiezan a jugar a esconderse detrás de las jaras que salpican el monte. De repente nos llaman: han descubierto unos agujeros enormes excavados por los jabalíes, que buscan así el alimento. Enseguida llegamos a un pequeño claro: es el punto donde suelen parar a descansar y tomar un tentempié. Pero antes, es hora de jugar. De jugar a lo que cada cual quiera, como quiera. En cuanto está montado el columpio hay que pedir la vez para subirse. Un grupito de niñas empieza a jugar a las casitas con las telas de colores y preparan un bizcocho (de tierra, ¿de qué si no?) para su bebé. Uno de los niños trepa por el pino donde está atado el columpio. Es un pino alto con muchas ramas largas, y el niño sube con una habilidad y rapidez pasmosas. Bajar ya es otro cantar, pero con paciencia (y a veces una mano amiga) se consigue.

Emprendemos el regreso por el mismo sendero que llegamos. Es mayo y caminamos entre amapolas, flores de jara que parecen copos de nieve, encinas y pinares que perfuman el aire. Una niña está cansada y se resiste a caminar. Entonces una de las acompañantes se agacha a su altura y le habla con paciencia. Lentamente, de la mano, empiezan a andar.

 Unas niñas se detienen para recoger plantas al borde del camino.

Unas niñas se detienen para recoger plantas al borde del camino.

Volvemos con los pulmones oxigenados y la mente clara, así que cuando Emma me propone que sea yo quien le cuente un cuento a los niños en el círculo de despedida, me animo y les cuento una historia que inventé para mi hija Jara, con la luna como protagonista. Pero mi público menudo —especialmente por el lado masculino— esperaba algo con más acción y mi “cuento” acaba siendo más una irreverente creación colectiva. 

Algunos días después de esta aventura con las niñas y niños del Saltamontes viajamos a Rubió, un pueblo muy pequeño en las afueras de Barcelona, para poder conocer a Brigitte y Alba, las fundadoras de L’escola del bosc, y disfrutar de su iniciativa en primera persona. Supimos de ella a través de un proyecto muy interesante que Alba y Brigitte estuvieron desarrollando en un colegio público de Igualada, la Escola Gabriel Castellà, durante el curso 2013-14. Se trataba de convertir el patio de cemento de la escuela en un “patio blando”, un patio lleno de árboles y plantas, con la participación de toda la comunidad escolar (estudiantes, docentes, familias...). Pero la Administración, tras un tímido apoyo inicial, arrancó de cuajo esta propuesta alegando un supuesto “agravio comparativo” con otros centros.

Lejos de desanimarse, estas dos educadoras inconformistas se lanzaron a buscar nuevos apoyos, y los encontraron en un pueblecito precioso, Rubió, del que los niños prácticamente habían desaparecido en las últimas décadas. Desde septiembre de 2015, la perrita Perla y cuatro educadoras acompañan al grupo de niños y niñas de L’escola del bosc: parten de la antigua escuela del pueblo, donde se dan cita, y recorren a pie los senderos que llevan al río, a los campos de trigo, al bosque… Por el camino es inevitable descubrir gallinas, perros y gatos, insectos, aves, árboles y flores que pueblan este paisaje bucólico. Pero también es inevitable encontrarse con los ancianos y ancianas que viven aún en Rubió, en las masías que los niños van atravesando en su camino. Y estas personas mayores les reciben con los brazos abiertos, con sonrisas y galletas, porque este es quizá el momento más feliz que tienen a lo largo del día.

Antes de alumbrar L’escola del bosc, Alba y Brigitte trabajaban como docentes en la escuela pública. Un buen día, Alba le preguntó a Brigitte: “Y tú, ¿qué quieres hacer cuando seas mayor?”. Esa pregunta disparó su imaginación, sus ganas de emprender un nuevo rumbo dentro de la educación, y decidieron viajar para ampliar sus horizontes y formarse en las Forest Schools de Inglaterra. A su regreso nació este proyecto que también tiene vocación de ser un espacio de acompañamiento a las familias, en el que se organizan talleres y jornadas de formación muy diversos que abarcan desde el trabajo con las emociones al rastreo de animales del bosque.

La primera impresión que tenemos, al entrar en la antigua escuela de Rubió y ver a los niños y niñas preparándose para la excursión, es de una alegría contagiosa. Además de su mochila, los niños llevan una pequeña esterilla redonda que usan para sentarse en el suelo. Se les ve felices. Al poco de empezar a caminar llegamos a la primera masía, donde un cerezo nos espera cargadito de fruta. ¡A mi hija Jara no le podíamos dar una sorpresa mejor! Nos entretenemos un rato bajo el árbol, y Alba me dice: “Aquí no hay prisa”. Lo cierto es que, en este lugar, parecería que hubiésemos retrocedido en el tiempo. No hay coches, ni ruido, ni contaminación. Solo una calma que nos embriaga, nos ancla en el presente y desembota nuestros sentidos.

El aprendizaje en la naturaleza fomenta la concentración, la atención, la independencia, la expresión, la precisión, la reducción del estrés, el comportamiento social, el cumplimiento de las normas y el respeto por las materias escolares, la resolución de conflictos de manera pacífica, la motricidad, la creatividad, la fantasía y la relación con la naturaleza.
— Peter Haefner

Caminamos despacio (el más pequeño de los niños tiene dos años y seis la mayor) hacia el lugar donde tomaremos el almuerzo. Un niño de los más pequeños se queda rezagado abrochándose una zapatilla. A cierta distancia, le esperamos. Él está tranquilo, sabe el camino y sabe dónde estamos. Un grupo de niños y niñas se detiene para observar una mariquita. Finalmente llegamos a una pequeña arboleda donde descansaremos. Al lado hay un campo de trigo con bolas enormes de paja, y me cuentan que los niños han encontrado allí algunos tejones muertos.

 Jugando entre las bolas de paja...

Jugando entre las bolas de paja...

Mientras algunos niños juegan a dar vueltas y vueltas en un columpio de tela improvisado, otros se marchan a ver los nidos de los abejarucos, al otro lado del trigal. Antes de que regresen entusiasmados, aprovechamos para entrevistar a Brigitte para el documental. Con sencillez y una claridad meridiana, esta mujer valiente nos habla de qué y cómo aprenden los niños en un entorno natural, de los miedos que los adultos les inculcamos sin darnos cuenta, y de la transformación que han visto en muchos niños cuando se les permite desplegar su curiosidad y liberarse de los prejuicios. Para Brigitte sería un sueño poder dar continuidad a este tipo de educación en primaria y no solo hasta los seis años.

 Filmando mientras los niños y niñas juegan.

Filmando mientras los niños y niñas juegan.

Alguien podría pensar que este modelo educativo inmerso en la naturaleza es algo moderno, una invención reciente. Lo cierto es que, por poner solo dos ejemplos, en 1883 Giner de los Ríos, acompañado de otros profesores y alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, hizo la primera "excursión pedagógica", que se inició en la Sierra de Guadarrama y duró varios meses. Y Rosa Sensat creó en 1914 la primera Escola del bosc en Barcelona, influida por las Open Air Schools y la Escuela Nueva. Más que tildar estas opciones educativas de "modernidades" habría que plantearse por qué dejaron de ser reconocidas durante un período tan largo de la historia de nuestro país, y aún hoy siguen siendo muy ignoradas.

Es hora de volver a la vieja escuela del pueblo. Esta mañana en Rubió hemos conocido un lugar que no me imaginaba que existiera, y me alegro de que todos estos niños y niñas puedan disfrutarlo, de que aquí puedan apoyar la espalda contra el tronco de un árbol y simplemente ser. 

Jara me pregunta: “Mamá, ¿hoy dormimos aquí?”. No es una pregunta ingenua, y la verdad es que mirándome en sus ojillos ilusionados me cuesta decirle que no, porque a mí también me gustaría quedarme y pasar días aquí respirando esta calma. “Jara", le digo, "quizá algún día volveremos”.

 

Notas:

1 Los días 4 y 5 de marzo de este año asistimos al primer encuentro educativo “El poder transformador de la naturaleza”, organizado en Madrid por La Violeta y El grupo de juego en la naturaleza El Saltamontes. Allí conocimos un montón de iniciativas de aprendizaje al aire libre, y nos maravilló ver el impulso que están teniendo en nuestro país. Abajo podéis ver un pequeño listado de enlaces que pueden ser de interés:

2 En relación con estos beneficios también se puede consultar el conocido estudio de Peter Haefner, de la Universidad de Heidelberg (en alemán).

3 Múltiples investigaciones confirman que cuando los niños y jóvenes pueden tomar decisiones respecto a lo que desean aprender se estimula su curiosidad y su motivación (Cornelius-White, 2007; Harter, 2012; Lambert y McCombs, 1998; McCombs, 2012; McCombs y Miller, 2007, 2008; McCombs y Whisler, 1997; Robinson, 2011, 2013). Esta autonomía ha sido descrita como un proceso en el cual el aprendiz "asume la responsabilidad de todas las decisiones que conciernen a los diferentes aspectos del proceso de aprendizaje y que incluyen fijar los objetivos, determinar el contenido y los métodos de aprendizaje e incluso evaluar dicho aprendizaje, así como la organización práctica, decisión del ritmo, tiempo y lugar de aprendizaje” (Blue, 1981).

 

Para Lorena, con mucho cariño.

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